¿Qué estaba pasando cuando Dios habló de planes? Una deportación, dos grupos de profetas y una carta que nadie quería recibir.
Babilonia se llevó primero a la élite de Judá: al rey joven, a los artesanos, a los ancianos
y sacerdotes que aparecen en el encabezado de la carta. Jeremías se quedó en Jerusalén, y desde
ahí escribió a los que habían salido; la edición de Henry fecha la sección en el año 596 antes
de Cristo. Entre los deportados corrían dos versiones del futuro: la de los profetas populares
— Henry resume su mensaje: les decían que su cautiverio sería corto
— y la de la carta,
que traía un número de años que nadie quería leer.
La primera instrucción de la carta es de una practicidad casi ofensiva:
«Así dice el S eñor de los ejércitos, el Dios de Israel, a todos los desterrados que envié al destierro de Jerusalén a Babilonia: “Edifiquen casas y habíten las, planten huertos y coman de su fruto. Tomen mujeres y tengan hijos e hijas, tomen mujeres para sus hijos y den sus hijas a maridos para que den a luz hijos e hijas, y multiplíquense allí y no disminuyan. Y busquen el bienestar de la ciudad adonde los he desterrado, y rueguen al S eñor por ella; porque en su bienestar tendrán bienestar”.
Henry explica por qué la falsa esperanza hacía necesaria una orden así: alimentados con
promesas de salida inmediata, los deportados no se aplicarían a ningún trabajo, no tomarían
ningún consuelo
, y la decepción, cuando llegara, los hundiría en la desesperación
.
Instalarse no era rendirse: era el único modo de sobrevivir setenta años con el alma entera.
Hasta la ciudad enemiga quedó incluida en la oración, porque — la imagen es de Henry —
todo pasajero tiene interés en la seguridad del barco
.
El calendario de la carta era más largo que la mayoría de las vidas adultas de quienes la
leyeron: muchos de los destinatarios no verían el regreso. Por eso importa que la carta no
prohíba el duelo. Henry lo dice en una sola respiración: no pueden sino llorar a veces
cuando se acuerdan de Sion. Pero que el llanto no impida la siembra
. Llorar y plantar, en
esta carta, no son bandos contrarios; son la misma obediencia en dos gestos.
Y debajo de todo el consejo hay una geografía distinta de la que los deportados creían
habitar: adondequiera que vaya un hijo de Dios, no sale del terreno de su Padre
. El
destierro cambió su dirección postal; no cambió de dueño el suelo que pisaban. Sobre ese suelo
— no sobre uno más amable — se anunció el versículo 11.